Érase una vez una mujer del siglo XI que podía con todo, una diosa Kali que no coordinaba sus manos, buscando a Shivá antes de volverse atea del todo.
Mamá amantísima, pero sólo los días que me toca, amante algunos sábados, estudiante a ratos robados, asalariada porque no hay más remedio, ama de casa desastre, cocinera sin horas y mujer algunos ratos. Demasiado joven para algunas cosas y decididamente mayor para otras, demasiado alocada para sentar mucho la cabeza y demasiado madura para tonterías.
Un montón de aficiones guardadas en el cajón, todos los proyectos en la caja fuerte del fondo de dicho cajón. La ropa por planchar y la plancha quién sabe dónde, la cuenta corriente en pie de guerra y todo lo demás en stand by y enmoheciendo. La dieta desterrada (y aún así perdiendo peso), los mecheros rescatados (como si la antigua yo se pudiese aspirar de un filtro), el print animal, los tacones y las copas de cristal de bohemia que han dejado el fondo de la vitrina y han vuelto a primera línea de fuego.
El role model que toda hija necesita.