Siendo F una inicial escogida para diferenciarle de los demás, puesto que a suya era la J. F de fracaso, de falsedad, de fabuloso también, F por aquel nombre tan especial por el que le llamaban, y, desde luego, de EPIC FAIL. En fin. Voy a necesitar unos cuantos capítulos, bastante valor y una sinceridad conmigo misma que no sé si tengo, para desmontar al indesmontable.
Le conocí un fin de semana de Mayo. Pasaba un fin de semana fuera con una amiga. Yo no conocía el sitio, no tenía grandes expectativas… salimos a tomar algo, quiso presentarme a algunos amigos que ella tenía por allí… ojalá no lo hubiese hecho.
F no era muy alto, ni muy guapo, ni tenía demasiado carisma, pero fue tenerlo delante por primera vez y supe que no podría irme con otro. Tenía unos ojos tan grandes, tan verdes, tan vivos y brillantes, el pelo tan negro, la piel tan blanca, aquella sonrisa de medio lado tan particular que nunca he vuelto a ver en nadie, aquella forma tan curiosa de madurar – los rasgos tan aniñados conviviendo con las señales inequívocas de los 12 años que me sacaba me fascinaban y desde luego eran el perfecto reflejo exterior de su forma de vivir- … no sé ni qué nos dijimos ni cómo le saludé, sólo recuerdo el vértigo inmediato, el sudor en las manos y la incapacidad de articular frases mínimamente coherentes en toda la noche. Nunca me había pasado algo así, estaba impresionada, me ponía enferma tenerle cerca, era como magnético… era tan consciente de dónde estaba en cada momento, como si hubieran realineado todo el cosmos y ya no girase en torno al sol. Intenté no pensar mucho en el tema, pero vaya, es obvio que no lo conseguí. Recuerdo esa noche como si hubiera sido la de ayer y puedo afirmar sin equivocarme que jamás me ha vuelto a pasar eso ni he vuelto a tener esa sensación de atracción ineludible, como de pertnencia inmediata.
Creo que cruzamos un par de frases casuales esa noche, nada más. La noche siguiente volvimos a encontrarnos, y en esa ocasión se acercó él a hablar conmigo; yo estaba alucinando. Básicamente me estuvo preguntando cosas sobre mí, sobre lo que me gustaba… yo no era capaz de alimentar demasiado la conversación, aunque lo cierto es que, viéndolo en perspectiva, fue todo como muy fácil y natural… nos entendimos muy bien. Pero no pasó nada más. Ni esa noche, ni en las dos o tres siguientes, porque el hecho es que volvimos el siguiente fin de semana por allí -y los que nos quedaban.
El caso es que se fue metiendo más y más en mi cabeza. No recuerdo ahora si pensaba en términos de enamoramiento, de simple atracción o de qué, pero me pasaba la semana deseando verle. Iba allí, hablábamos mil horas, yo encandilada, buceando en aquellos ojazos, y no pasaba nada. La verdad, yo no tenía nada claro que fuese a pasar, no percibía nada, no me parecía que él estuviese interesado (aunque, si he de ser sincera, caezco totalmente de intuición para ese tema). Hasta que una noche mi amiga me emborrachó más de lo normal, me dio a probar ciertas sustancias y yo, sin pensarlo mucho, como quien va a tirarse de un trampolín, me planté delante suyo y le dije, como quien hace un comentario sobre el tiempo, “Tienes que venirte a mi cama esta noche”. Sin venir a cuento, sin garantías y con un valor que no sé quién me debió prestar. Me preguntó muy serio que si era broma, respondí que en absoluto. Y el tío se me quedó mirando como medio minuto, o media noche, no lo sé, porque de repente yo estaba tomando conciencia de lo que acababa de hacer y estaba deseando que saliese corriendo o me mandase a la mierda, o me besase, pero que, por favor, hiciese algo cuanto antes, que rompiese la tensión y me quitase de encima aquella mirada insoportable. No sé cuántas opciones contemplaría él, pero sí, eligió besarme. Creo que de todos los primeros besos que me han dado, ése fue el mejor, y el resto de la noche estuvo a la altura de la introducción. Fue increíble, especial, irrepetible, y cuando se despidió de mí al mediodía siguiente aún no estaba segura de que todo hubiera ocurrido de verdad.
A partir de ahí… todo se aceleró, yo me dejé llevar encantada, y él, que podía ser muchas cosas, pero desde luego no era nada inaccesible emocionalmente, en seguida empezó a enseñarme la persona que era en realidad. Creo que había como una dualidad, habían dos versiones de él, dependiendo de su estado anímico y la combinación de éste con lo que hubiera tomado. Era un compañero increíble. Me encantaba su decisión, lo claro que lo tenía todo, su apego a su forma de ser (me encantan los hombres que se gustan, que no se venden, que no cambian por nadie), admiraba que se conociese tan bien a sí mismo, que tuviese tan poco miedo de abrirse, la naturalidad con que se relacionaba conmigo. Y luego estaba el doppelganger que aparecía muchas noches, el gilipollas que bebía como si tuviese que morirse esa misma noche, que se metía todo lo que le pusieran por delante. El hombre seguro y asertivo se convertía en un ególatra que creía que podía coger aquello que le diese la gana, que el mundo era suyo, que los demás no valían nada. Se convertía en un mierda arrogante, desafiante, insolente y violento, que además nunca pedía perdón. Era desconcertante e imprescindible, yo no encontraba la forma de manejarlo, no encontraba la distancia de seguridad. Era como un campo de minas, creías que lo estabas haciendo bien pero en cualquier momento pisabas donde no debías y todo saltaba por los aires.
Y así fue como empezó a torcerse todo, cómo empecé a engañarme, a intentar ignorar su lado tóxico y a fingir que cada episodio era el último y que no tenía por qué repetirse. Creo que fue en ese momento cuando aprendí a disculpar lo indisculpable, a no enfadarme para no tener que perdonar, a absorber los problemas ajenos y hacerlos míos, a responsabilizarme de la salud mental de los demás (porque sentir que era mi responsabilidad validaba el hecho de quedarme a su lado). Y, a groso modo, siendo esa la primera relación verdaderamente seria que tuve, eso sentó las bases de mi forma de relacionarme con los que han venido después. Permitir, disculpar, no exigir, no molestar, agradar, no perturbar nunca la paz del otro ni obstaculizar sus obetivos. Y me he tenido que dar cuenta ahora, tantos años después (cuando aún me acuerdo tantísimo de él).
Continuará, o almenos debería.