Han pasado meses y aún no sé gestionar el hecho de que la niña antes era nuestra, y ahora es suya y mía.
Cuando se acerca un fin de semana en que no “me toca” tenerla conmigo, paso los días ideando cosas que hacer, medio confirmando mil planes para asegurarme de que no voy a quedarme llorando en el sofá. Me entusiasmo con la idea de salir, tomar algo, de no saber cómo acabará la noche, igual que cuando ella todavía no existía y la semana laboral sólo era la cuenta atrás para la diversión del fin de semana.
Pero llega el viernes y se tiene que ir, y yo me tiro mis diez minutos en el recibidor, abrazándola hasta hacerle daño (mamá, que me ahogas!), diciéndole que la voy a echar de menos, que en seguida será domingo, que la estaré esperando en casa sin falta cuando vuelva. Se cierra la puerta y siempre pienso lo mismo: “ésta semana ya lo llevo mejor! qué serena estoy!”. Y en lo que tardo en llegar de la puerta al sofá ya tengo las mejillas empapadas.
No soporto la imagen de mi niña con su bolsita de ropa para el fin de semana. No soporto no saber si él también duerme en alerta para taparla cada vez que da una patada al edredón. Si le van a poner crema en las mejillas cuando el frío queme su piel atópica. Si se va a atracar de comida basura y va a pasarse la noche sentada en la taza del wc. Si le van a poner los calcetines arrugados y le quedará marquita en la piel del tobillo, tan delicada. Si este domingo, como todos los que se va, también va a volver a casa con diarrea y resfriada. Si por fin esta vez se van a dignar a bañarla en los tres días o vendrá rascándose la cabeza, mi pobrecita.
No soporto la culpa y haber provocado yo todo esto con mis “necesidades” y mis ganas de estar bien y no encerrada en una cárcel. ¿Cómo pude pensar que esto iba a traer felicidad? ¿Que mi hija no iba a pagar los platos rotos, como todos los hijos de padres separados del mundo?
Antes no podía darle lo mejor en casi nada, pero me consolaba saber que me tenía siempre presente, que le daba todo el amor del mundo, que en cualquier momento que me necesitase yo iba a estar ahí acompañándola. Y ahora ni siquiera puedo darle eso… todo el trabajo hecho, todo el amor, todos los hábitos a la basura. Tanto vínculo para esto.
No puedo ni verbalizar todo lo que se me ocurre.
Hace mucho que no comento nada porque es todo tan personal que no creo que nadie tenga derecho a comentar nada en absoluto. Pero en esta ocasión no puedo resitirme a decirte sólo una cosa; has dado el paso que tenías que dar porque esas necesidades que entrecomillas son tus necesidades para ser feliz. Y por consiguiente son las necesidades de tu hija para ser feliz. ¿Qué le hubiera esperado si hubieras seguido atada a algo que te hacía infeliz? Una madre hastiada, aburrida de la vida, conformada (qué horror de palabra, eh?). Y muy posiblemente, unos padres distanciados, que no amaban de verdad, y tarde o temprano, discusiones, gritos, desdenes. Ese no es un buen ambiente para crecer por mucho que estuviera las 24 horas contigo. Seguramente esto le estará costando mucho, igual que a tí y que a su padre. Pero es lo mejor para todos. Y, sobre todo, lo mejor para ella, ahora y en el futuro. Cualquier niño se merece unos padres felices porque sólo de esa manera serán capaces de transmitirle felicidad.
Vero, te leí en el momento pero la verdad es que no podía contestarte. Sobre el papel es como dices, y lo sé, pero cuando se trata de tu propia hija… no vale. Mil gracias, un beso.